Archivo | enero, 2016

Leer con los hijos: placer compartido

25 Ene
Noemí Villamouza

Noemí Villamouza

A mí me gusta leer el poema del Mío Cid” fue la sorprendente respuesta de una niña de nueve años cuando le pregunté sobre sus preferencias lectoras. En un mundo en el que triunfan las princesas o los libros de Gerónimo Stillton, la respuesta de esta pequeña me dejó fuera de juego. “Es que lo leo con mi padre” – continuó diciéndome orgullosa.

La duda quedó despejada de inmediato: leer con los padres sigue siendo un recurso insustituible para la construcción del lector. Con la lectura regalamos también nuestro tiempo y nuestra atención en una época dominada por las prisas. Los chicos valoran ese paréntesis en el que saben que cuentan con la dedicación absoluta de sus padres  asociando de forma automática la lectura al placer.

Recuerdo hace muchos años la confesión de una lectora que se sentía atraída irremediablemente por las revistas de mecánica: su padre era camionero y viajaba continuamente. “Cuando llegaba a casa” – confesaba- “me sentaba en sus rodillas y mirábamos juntos esas páginas plagadas de instrucciones incomprensibles para mí pero que me regalaban ese momento de quietud y cariño que me resultaban tan preciosos”.

Compartir lecturas con los hijos, ir juntos al teatro  o participar activamente en las actividades que se organizan para las familias en torno a los libros en museos y bibliotecas  hacen más por el futuro lector de cualquier país que la mejor de las campañas.

Es en la familia donde se tiene el primer contacto con los libros y en esa lectura no hay otra finalidad que la del placer: leemos porque queremos hacerlo, porque nos gusta compartir esas historias con los pequeños y aparcar por un momento el vértigo de las obligaciones diarias.

La lectura, una vez que se incorporan al sistema escolar y por muy atractiva que se presente dentro de las aulas, es una lectura utilitaria, evaluable y en muchos casos obligatoria. La gratuidad de los encuentros lectores en familia ha desaparecido y quien no ha tenido ese primer contacto con los libros dentro del hogar ha perdido una oportunidad única de construir su andamiaje lector desde el placer. Es cierto que hay muchos lectores que descubrieron el goce de la lectura a otras edades, pero en la mayoría de los casos existe un mediador (profesor, compañero, amor) que fue capaz de contagiar el deseo de leer un libro determinado y es su entusiasmo, y el cariño y admiración que por esa persona sintieron, los que provocaron el acercamiento al texto.

Muchas son las anécdotas que tengo en la mochila que confirman esa necesidad de vincular los afectos y la lectura. En los primeros años es sencillo provocar encuentros si son deseados por los padres y por los hijos, e insisto, ha de ser placentero también para los adultos que han de entenderlos como un regalo  mutuo. Quizá es más complejo cuando llegan a la adolescencia donde los vínculos se establecen con enorme fuerza entre iguales debilitándose los lazos familiares, pero tal vez podamos animarnos a leer alguno de los títulos por ellos elegidos y comentarlos juntos, bucear entre sus páginas y descubrir a nuestros hijos,  adolescentes en busca de espejo, reflejados en ellos.

En numerosos centros educativos están proliferando los clubes de lectura familiares y con un excelente resultado. También  acompañarlos en sus lecturas obligatorias puede ser una buena estrategia para hacerlas más livianas y seguir afianzando los lazos de cariño.

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