Archive | octubre, 2014

El placer de lo prohibido

15 Oct

Terrorlibros318714_297355120380436_251319593_nCon el inicio del otoño repito el viejo ritual de ordenar los libros de cara al nuevo curso. Descubrí hace tiempo que mis libros tienen vida propia y que se recolocan cada año en lugares diferentes atendiendo a criterios de afinidades que olvido con frecuencia. Me alegra que así sea porque esta rutina estacional me sirve para hacer un repaso del año y descubrir algún volumen cuyo recuerdo me reconforta.

Hay libros que son descartados y enviados a donde puedan ser útiles y otros simplemente se reubican en otros espacios. Este año he reunido en una sección sentimental mis libros prohibidos, aquellos leídos a deshoras bajo las sábanas, camuflados con un forro de revista para evitar indiscreciones (¡qué tiempos aquellos!) o robados de las estanterías de mis padres o hermanos mayores. Como podéis imaginar, a estas alturas de la vida no hay nada que me esté vetado ni nadie que me pueda vetar las lecturas, pero esa sección de libros leídos a una edad impropia me ha hecho reflexionar sobre la eficacia de la “prohibición” en el fomento de la lectura.

Al fin y al cabo, animar a leer es un proceso de seducción. No se trata de imponer, sino de despertar el deseo, la curiosidad por descubrir lo que se esconde tras una portada o un título. A menudo nuestra insistencia o excesivo entusiasmo sobre la bondad de un libro produce un efecto contrario al deseado. Me contaba una vieja amiga, profesora de primaria durante muchos años, que siempre llevaba tres libros a su clase: hablaba sobre los dos primeros y hacía caso omiso a las preguntas que le hacían los pequeños sobre el tercero. Un día descubrió con satisfacción que sus alumnos se colaban en la clase durante el recreo para descubrir el título de ese tercer volumen que ella había ocultado con clara intención provocadora. ¡Su estrategia había funcionado!.

Prohibir funciona, funciona en las bibliotecas cuando un niño se acerca con su madre a que le aconsejes y le muestras un título con el comentario de que “es para más mayores”, desatando en ese momento un deseo irrefrenable de leerlo. Funciona cuando tu hermano mayor te dice lo mismo respecto a una de sus lecturas y te dedicas a espiar dónde deja el libro para adentrarte con un placentero sentimiento de culpa entre sus páginas. Funciona cuando te quitan un libro de las manos diciéndote que no lo vas a entender…funciona, y quizá no lo entiendas o no entiendas todo lo que esa lectura puede ofrecer a unos ojos más adultos, pero funciona como estrategia, convierte el libro en un objeto de deseo , en algo por lo que es necesario luchar.

Descubrí en mi diario adolescente la discusión con mis padres sobre si autorizarme o no la lectura de “La vida sale al encuentro” de José L. Martín Vigil, un libro muy inocente en la distancia, que estaba leyendo en ese momento mi hermana mayor. Quizá era muy niña para leerlo pero a pesar de todo me dieron el visto bueno cuando yo, por supuesto, hacía tiempo que lo había terminado.

No digo que haya que prohibir la lectura, pensemos en la situación tan terrible de esos países en los que los libros están sometidos a censuras o incluso descartados para la población femenina. La lectura ha de ser una actividad libre y estoy convencida de que la mejor estrategia es contagiar el propio entusiasmo, pero si esto no funciona quizá debamos recordar nuestras lecturas a escondidas, con el oído alerta y la estimulante sensación de estar saltándonos las normas.

Como nos dice Gustavo Martín Garzo:Las palabras de la literatura tienen que ver con el silencio, con lo que se guarda y tal vez hay que robar, nunca con lo que nos ofrecen a gritos, y mucho menos a la luz del día, donde todos puedan vernos.”

Seduzcamos, contagiemos, prohibamos…en la lectura como en el amor, todo vale.

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