Archivo | octubre, 2013

Poemas para vestir los días

8 Oct

Letras_en_mi_cuerpo_1Confieso que soy incapaz de hilvanar un poema, los versos que leo son siempre de otros aunque su lectura los convierta en míos en muchas ocasiones. Poemas a la medida  que se ajusta al cuerpo como una segunda piel.

Acudo a  mis libros de poesía como quien abre un armario; encuentro poemas para los días de lluvia y también para cortejar la primavera, versos que acompañan una ausencia y otros que subrayan el dolor de una pérdida definitiva. Poemas que tienen el aroma de la casa paterna, versos que dulcifican la nostalgia y que dan voz al olvido. Poesía en la que verte reflejada, “poemas espejo” en los que mirar y reconocerte aunque sean de otros las palabras.

 Luis García Montero, un poeta que me acompaña desde hace años, decía ayer algo muy cierto y muy hermoso: “ la literatura crea espacios públicos”. Me  gusta esa expresión que resume , con  la concisión de su  oficio,  la generosidad de la literatura y la ampliación de fronteras que supone la lectura; me alegra el habitar en este espacio abierto y compartido, pero reconozco que para leer poesía necesito entornar la puerta y sentirme a solas con el libro, probarme despacio las palabras y descubrir  en la intimidad si se acomodan a mi deseo.

 “Con la poesía se convive porque nunca se marcha del todo”, dijo alguien que desgraciadamente no recuerdo. Y es cierto, un libro de poesía que hacemos nuestro no se cierra definitivamente, se tiene al alcance de la mano y se recurre a él como recurrimos una y otra vez a la conversación y el encuentro con los buenos amigos. Mi infancia está poblada de versos de Espronceda y de Machado, de poemas de Campoamor y de Bécquer que sigo escuchando en   la voz de mi madre . La adolescencia quedó marcada por  el acento  de Neruda y el de Benedetti y hay poetas, como el citado García Montero, que han crecido real y literariamente al ritmo de mis años. A Javier Cánaves lo disfruto en la distancia de la vida ajena, a Luis Alberto de Cuenca recurro cuando necesito mirar el mundo con humor, y la madurez de mis lecturas y de mi vida se ve arropada por la verdad de Ángel González y la dulzura ácida  de Karmelo Iribarren.

Hoy rebusco entre el desorden de mis libros uno de Wisława Szymborska para despedir a una amiga, es un adiós que duele y para el que van a faltarme las palabras.

Lo encuentro. Cierro la puerta,  ustedes me disculpan.

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